viernes, 15 de marzo de 2013

500 AÑOS DE HERMANDADES PENITENCIALES EN LEÓN


León, jueves 14 de marzo de 2013
Palacio del Conde de Luna. León 

Abades, abadesas y representantes de las cofradías leonesas
Comisión permanente de la Junta Mayor de la Semana Santa de León
Hermanos y hermanas
Amigos

Gracias por vuestra presencia 

Que León es “Ciudad de Semana Santa” fue una afirmación que el papón y cronista Máximo Cayón Waldaliso ya realizó en el siglo pasado.

Permítanme que no les haga un recorrido histórico desde el origen de las hermandades y estaciones de penitencia en León, hasta las que actualmente componen las procesiones de la Semana Santa.

Son más de 500 años, sería un largo y denso contenido que conociendo, por otro lado y entre mis muchos defectos, la falta de síntesis, sería la consecuencia para que no llegásemos a tomarnos los escabeches y limonadas típicas al final de la procesión de la Señora de la calle Herreros, el Viernes de Dolores,  saltándonos, además, el próximo pregón que Monseñor José Manuel del Río Carrasco habrá preparado magistralmente.

Es indudable que la celebración de mayor participación social de esta ciudad, sede de un viejo reino, se produce en los días que van del Viernes de Dolores al Domingo de Resurrección, que tuvo un origen litúrgico y teatral, tal y como el profesor Sánchez Herrero documenta en la Catedral de León, el Viernes de la Cruz y el Domingo de Resurrección del año 1450. 

Sin embargo la peculiaridad de la Semana Santa hispana ha destacado por la realización de procesiones organizadas por las hermandades penitenciales, mejor denominadas en la actualidad como cofradías de Semana Santa.

La transformación que se ha producido en las procesiones protagonizadas por las hermandades de León, y de toda España, en mayor o menor medida, ha ido ligada a los cambios en la vivencia de la religiosidad, en la aplicación de las directrices establecidas por la jerarquía eclesiástica, curiosamente incumplida en la actualidad por algunas cofradías leonesas, en los cambios sociales, económicos, políticos y tecnológicos que han tergiversado aquellas procesiones penitenciales y piadosas que recorrieron las calles de la ciudad desde hace 500 años, posiblemente más aún, gracias a la agudeza investigadora de otro Cronista Oficial de León, también papón, Luis Pastrana Giménez que el 28 de septiembre del año 2003 me entregaba una anotación personal que decía así: 

El acta de la reunión celebrada por el Cabildo de la Catedral de León el 20 de julio de 1481 incluye un acuerdo titulado ‘Sobre la mudanza de los judíos’ en el cual se refleja el propósito que acerca de la judería leonesa comunica al Cabildo Ruy López de Ayala, pesquisidor y visitador real, obedeciendo órdenes de los Reyes Católicos.

La idea que pretende es apartar a los judíos de León y encerrarlos en un área determinada, según mandan los Reyes. Es decir, se pretende que dejen libre Cal de Moros (hoy Misericordia) y La Revilla (hoy Juan de Arfe) y se instalen en Cal de Rodezneros (calle ya desparecida situada en la antigua plaza Mayor, de norte a sur, antes del incendio del XVII a consecuencia del cual surgirá su actual aspecto) y Cal Pequeninna  (hoy La Plata).

Se argumentan diversas razones para ello. Entre ellas, ésta: “lo otro porque cuando ay procesiones en la dicha ciudad pasan las cruces por la dicha calle [se refiere a Cal de Moros o Misericordia] por la dicha judería”.

En este momento del texto, el autor, Justiniano Rodríguez, agrega una llamada para nota a pie de página, e identifica dicha procesión con la del Corpus Christi. Sin que el texto aclare más, se debe de tratar, sin duda alguna de la procesión de los disciplinantes, que sí llevaba cruces -- el Corpus, no--, que salía del templo de san Francisco --su ubicación no ha cambiado -- y penetraba en la ciudad por la puerta de Cal de Moros (hoy, plaza de Riaño) en su camino hacia la Catedral.” 

Por ello podemos pensar que hace 533 años, León ya contaba con penitentes que durante la Semana Santa recordaban con una procesión el martirio de Cristo en su Pasión. 

El franciscano-capuchino Padre Domingo Montero Carrión, pregonero de la Semana Santa leonesa del año 2003, afirmó en su pregón la “(…) importante función que los franciscanos hemos desempeñado en la animación de la Semana Santa leonesa, ya desde el s. XV, cuando en el Real Convento de San Francisco fue fundada e instituida la Cofradía de la Santa Vera Cruz, organizadora de la primera procesión penitencial de la Semana Santa leonesa, la de los disciplinantes, que tenía lugar durante la noche del Jueves Santo”. Y efectivamente, fue precisamente en el convento Franciscano donde encontramos la primera referencia a la cofradía de la Santa Vera Cruz, cuando gracias a una escritura notarial de 1513 obtenemos la noticia más antigua de la cofradía de la Santa Vera Cruz de León fundada en el convento de San Francisco. Y consecuentemente podemos hablar por primera vez de la presencia de una hermanad penitencial en la ciudad, cuya citada procesión en la noche del Jueves Santo, o Jueves de la Cena, se confirma en decenas de documentos posteriores. Motivo por el que me ha requerido la Junta Mayor de la Semana Santa de León para ésta intervención que enlaza el pasado de la historia y el futuro de la tecnología.

Aquel legajo notarial no fue fruto de ninguna investigación, simplemente me fue entregado, fotocopiado y encuadernado, por José Antonio Díez Martínez, abad de Minerva y Vera Cruz, a quien se lo había cedido su propietaria, María del Carmen Pariente Baltanás, procedente de su Archivo Particular, a quien hay que agradecer el gesto de generosidad de haberlo cedido en copia, contrariamente a otros documentos que presentes en colecciones de particulares son raptados para la investigación o bien, algún autor leonés los referencia negándose a declarar su procedencia concreta, algo que supone un flaco favor para todos los cofrades e investigadores de la Semana Santa leonesa, privándonos de la perfección de su conocimiento y óptima divulgación.

El legajo en cuestión es una “Fundación y dotación de ciertas Misas y Sufragios hecha a favor de la cofradía de la Santa Vera Cruz sita en el Convento de San Francisco Extramuros de esta Ciudad por Martín González Santibáñez, Juan Martínez de Santibáñez y Pedro de Santibáñez, hermanos, vecinos que fueron de esta Ciudad, para lo que dejaron a la cofradía ciertas heredades en los Lugares de Campo y Santibáñez, y un prado en Trobajo de Arriba, a condición de establecer unas obligaciones que debía cumplir la cofradía. El documento está fechado en el “monasterio de santo isidro de la dicha ciudad de león” el sábado 18 de junio de 1513 y señala al primer abad conocido de la franciscana cofradía penitencial de la Vera Cruz, Francisco Zapatero y a otros veintiún cofrades componentes de la hermandad. 

Por tanto, en éste “AÑO DE LA FE” nos separan 500 años de aquella certeza documental, que trasciende a la propia historia de la cofradía de la Vera Cruz de León, a cuya junta de gobierno, dicho sea de paso, entregué una memoria a realizar que fue desestimada y marginada en conjunto para el desarrollo de los actos del IV centenario de la fundación de la Minerva, así como otros en recuerdo de éste documento histórico, donde establecí la conveniente participación de las cofradías de la Semana Santa leonesa, puesto que creo y así lo declaro, que la Semana Santa del año 2013 la construimos todos, y nuestro pasado, se refiera a la cofradía que sea, es patrimonio de la Semana Santa y de sus hermanos y hermanas en conjunto.

Por ello, en éste año, todas las cofradías de León deben recordar que nuestros antepasados pisaron las calles por las que nuestras procesiones discurrirán 500 años después. Para mi, y a nivel personal, es una fecha a celebrar en este año de la Fe en que, además un nuevo Papa, desde ayer, de origen Jesuita con lenguaje español y nombre de un gran reformador de la Iglesia, Francisco, nos debe proporcionar un nuevo impulso a través de una profunda reflexión, interior y comunitaria. 

La existencia de la hermandad de la Vera Cruz en San Francisco se documenta también el 3 de octubre de 1556 cuando Fray Antonio de Guzmán concede a Francisco Álvarez y su mujer Juana de Quiñones que en la capilla que habían adquirido en 1554 y reedificado intitulada del nombre de Jesús o la Cruz, los cofrades de la Cruz pudiesen celebrar allí la fiesta de la Circuncisión, los primeros días de cada año, así como otras misas dotadas por parte del citado matrimonio. Es muy importante ésta referencia, puesto que aparece un apellido fundamental, ligado a la historia de León, al de la orden franciscana y al de las procesiones de disciplinantes, o de la Vera Cruz, en España.

De la importancia de la familia Quiñones y de su aportación al arte e historia de León, nos da muestra el espacio en el que nos encontramos. El Palacio del Conde Luna, declarado Monumento Nacional en 1931, obra inicial encargada por Pedro Suárez de Quiñones en 1388, y cuya soberbia torre renacentista de influencia toscana fue encargada por Claudio Fernández de Quiñones, quinto Conde de Luna, y realizada entre 1550 y 1580 con piedra caliza de Boñar y Jaspe traído desde Cartagena. 

El nexo de unión entre los Quiñones y la Semana Santa se produce a través de un hombre de gran importancia e influencia en la historia católica y política del siglo XVI, su nombre fue Enrique, nacido en León en el año 1482, hijo de Diego Fernández de Quiñones, primer Conde de Luna y de Juana Enríquez, que tras ingresar en la orden Franciscana en el convento de Los Ángeles de Hornachuelos en Córdoba, tomó el nombre de Fray Francisco de los Ángeles. En 1527 es nombrado por el Papa Clemente VII Cardenal de la Iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma, lugar que recuerda al Cardenal Quiñones y su muerte el 5 de noviembre de 1540, al pie de un monumento funerario encargado por el propio Francisco de los Ángeles en 1536 a Jacopo Sansovino. 

Grabado en la piedra se establece su origen leonés, parece que orgulloso debió estarlo, según consta en la lápida al pie del monumento, en la Iglesia que recuerda a Santa Helena, como descubridora de la Santa Cruz, una de las devociones procesadas por Francisco de los Ángeles, y por ello es conocido como el Cardenal de Santa Cruz o Cardenal Quiñones, que llegó a ser General de los Franciscanos, reformador de la orden, creó junto con el Cardenal Cisneros en el año 1513, las constituciones de las Concepcionistas, que obtuvieron aprobación del Papa, fue divulgador de los monasterios de las Clarisas, franciscanas descalzas, impulsó a su hermana Leonor de Quiñones, dama de la Reina Isabel, a fundar el convento de Nuestra Señora de la Concepción de León que fue consagrado por él mismo en 1515 y cuya primera abadesa fue, también, una hermana suya, Francisca. Además, también fue mediador entre el Emperador Carlos V y el Papa Clemente VII entre los tensos años de 1526 a 1529, entre otras muchas intervenciones y ocupaciones destacadas, como la evangelización en México. 

Y hubo una intervención fundamental de Fray Francisco de los Ángeles, en la historia de la Semana Santa, y es que el 7 de enero de 1536 el Papa Paulo III, transmitió al Cardenal Francisco de Quiñones un “Vivae Vocis 0ráculo”, con la concesión de importantes gracias e indulgencias a todos los cofrades, los de disciplina y los de luz, de las cofradías de disciplinantes o de la Santa Cruz o penitencia, de ambos sexos. Fíjense ustedes, de ambos sexos, en los orígenes de las procesiones de la Semana Santa, hubo mujeres penitentes o nazarenas. 

Dicha resolución fue recopilada mediante un escrito del Cardenal, y enviada el 5 de febrero del mismo año a la cofradía de la Santa Vera Cruz de Toledo, y de allí el documento se difundió por la geografía española y se conserva se documenta en Sevilla y en localidades como Alcañices (Zamora). 

La vinculación clara del Cardenal Quiñones con León, y su devoción a la Santa Cruz no nos hace dudar que el mismo documento debió recibirse en la casa franciscana leonesa, donde la Vera Cruz, que ya organizaba la procesión de disciplinantes del Jueves Santo precedida por un crucifijo portado por un hermano en 1521, tuvo la protección para la celebración de sus actos en la capilla establecida por Juana de Quiñones y su marido, que posteriormente se fundaría con el nombre de Capilla de la Cruz, en 1586, donde desde entonces se establecería esta primera cofradía de disciplina en León, a la que siguieron las hermandades de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad, y la de Jesús Nazareno. 

Gracias a la labor de investigadores como Xuasús González y Antonio Alonso Morán, la Semana Santa de León cuenta con las reglas iniciales, o estatutos, de estas dos cofradías leonesas, también de penitencia. 

La primera, fundada en el convento de Santo Domingo el 9 de febrero de 1578, siguió los modelos de hermandad de disciplina y penitencia. Su primer abad fue el pintor Gregorio de Herreras. Esta nueva hermandad de inequívoca advocación mariana, basada en el ejercicio de la caridad, pudo surgir muy posiblemente a imitación de la Cofradía de las Angustias de Valladolid, y sobre todo por la influencia de la de Nuestra Señora de la Soledad y Angustias fundada en Madrid el 21 de mayo de 1567 por la Reina Isabel de Valois haciendo su primera procesión el 16 de abril de 1568. La nueva hermandad leonesa estableció en su regla fundacional la realización de una procesión de disciplina y penitencia el Viernes Santo a las “ocho horas de Prima noche”, recorriendo las iglesias que el abad, diputados y oficiales estableciesen, siendo también importante señalar que no se citan pasos o imágenes para la procesión, sino “Insignias de la Pasión de Nuestro Señor e de las Angustias y Soledad de la Virgen María repartidas de trecho a trecho”, que eran formados por cofrades de luz, alumbrando en la procesión y los de sangre o de disciplina, todos ellos ataviados con túnicas negras y la insignia “de las Angustias de Nuestra Señora” sobre el pecho. La cofradía de las Angustias y Soledad estableció en éste monasterio de Santo Domingo su capilla y es de destacar como la hermandad buscó engrandecerse, solicitando ser agregada a la romana Archicofradía de la Gloriosísima Virgen María del Llanto, algo que consigue según bula Pontificia en 11 de mayo de 1586, para disfrutar de las gracias e indulgencias otorgadas a la citada congregación de Roma.

El mismo convento de Santo Domingo vería nacer una nueva hermandad de penitencia con la fundación de la cofradía de Jesús Nazareno el 4 de febrero de 1611, si bien el 9 de julio de 1610 la cofradía de Jesús Nazareno ya contaba con Ventura Valdés como abad de la misma, negociando la compra al convento de una capilla, estableciendo como condición, entre otras, la verificación de una procesión por la ciudad el Miércoles de Tinieblas, teniendo cierta constancia de la realización en León de una posible procesión en este día de la Semana Santa con anterioridad, por un curioso error en los Acuerdos Municipales de 1569, y por ello sospecho que pudo existir una primitiva cofradía bajo la advocación al “Nazareno” o al “Nombre de Jesús” antes de la fecha fundacional de ésta hermandad. De todos modos la regla de 1611 estableció que la cofradía de Jesús Nazareno debía hacer el Viernes Santo por la mañana una procesión de nazarenos por la ciudad, con cruces a cuestas, túnicas y capirotes de lienzo negro, llevando todos un rosario en las manos, sin tampoco citar la participación de alguna imagen o paso en el cortejo penitencial. La única referencia a una efigie llamada de "Jesús Nazareno" se refiere a la procesión que, también, debía hacer la cofradía el día del Triunfo de la Santa Cruz, 16 de julio, a la que tenían que ir “todos los cofrades con su pendón y cruz levantada y un Jesús Nazareno a la postre con sus hachas”. 

Y así llegamos al momento de saber como eran aquellas procesiones de penitencia y disciplina el siglo XVI e inicios del XVII en León. No tenemos noticia documentada de la participación de ninguna imagen, salvo un Crucifijo que abría la procesión de disciplina del Jueves Santo, aunque la conservación de la imagen del hoy denominado como Santo Cristo del Desenclavo nos hace deducir que en algún momento a finales del siglo XVI debió incorporarse a la misma y a una representación del Santo Entierro en el convento de San Francisco el Viernes Santo.

Sobre la hermandad de Nuestra Señora de las Angustias y su procesión de penitencia del Viernes Santo, sabemos mucho más según su regla, en la que participaban nazarenos de luz y penitentes aplicándose también la pública disciplina, y, en principio, sin imágenes, aunque tampoco dudamos que la maravillosa Virgen de las Angustias, se incorporase a la procesión de la mariana y penitencial cofradía de Santo Domingo, incluso una Virgen de la Soledad, por influencia de la madrileña Soledad de la Victoria, realizada por Gaspar Becerra, que fue vestida con las ropas de la Viuda Condesa de Urueña.

Respecto a la procesión del Viernes Santo por la mañana, la organizada por la cofradía de Jesús Nazareno, pues sucede un tanto de lo mismo, solo se estableció el que los hermanos hicieran su estación de penitencia portando cruces, sin ninguna imagen.

Es así que aquellas procesiones iniciales se plantearían con un hermano portando un crucifijo en madera de mayor o menor tamaño, similar, quizás al conservado en la entrada derecha de la Iglesia de Nuestra Señora del Mercado, seguido de un estandarte y detrás, filas, de mayor o menor longitud de hermanos y posiblemente hermanas de la cofradía, según confirma el “Vivae Vocis Oráculo” del Papa Paulo III, llevando cirios para alumbrar la procesión, haciendo penitencia aplicándose disciplina o portando cruces de madera imitando así la tortura de Cristo en su Pasión, disciplina a la que se añadirían otras, como colocarse cadenas o grillos en los pies y otras secretas, que sin especificar se señalan en un acta municipal del año 1740.

Inicialmente no hubo imágenes, o pasos, que irían apareciendo a finales del siglo XVI, y generalizándose en el siglo XVII, primero como conjuntos de una sola imagen, luego de varias figuras en materiales endebles, como telas encoladas y cartón pintado que se fueron sustituyendo por pasos de misterio en madera encargados a los talleres de escultura de Valladolid, según podemos demostrar con varios contratos que con escultores de ésta ciudad contrajo la cofradía de Jesús Nazareno de León.

Una visión de aquellas procesiones, nos la ha planteado recientemente el Profesor Sánchez Herrero, en un artículo publicado el 14 de abril del 2012 en el Diario ABC de Sevilla titulado  “Consecuentemente Cristiana”, con motivo de la decisión de la hermandad de la Santa Vera Cruz de Sevilla de realizar su estación de penitencia a la Catedral sin sus dos pasos, a causa de la lluvia, y únicamente con la reliquia de la Santa Cruz. Sánchez Herrero describió lo que era una hermandad penitencial del siglo XVI de éste modo: Una cofradía sencilla, ascética, sin flores, sin música, sin pasos, sin palios. En el primer cuarto de siglo XVI celebraba su estación de penitencia con un pequeño crucifijo portado a mano por un cofrade o, como máximo, con la ayuda de otros dos más; no había flores, ni música, sólo se permitía un tambor y una trompeta "que sonara a dolor", la penitencia se exteriorizaba en los pies descalzos, en la blanca túnica pobre, como la camisa o la mortaja, las velas o hachas encendidas y la autoflagelación (nada de flagelados y flagelantes como algunos romances barrocos y ampulosos han descrito). Pero los tiempos y las sociedades cambian y no hay que volver a un pasado arqueológico, hay que mantener el espíritu, la religiosidad inicial (si es que las cofradías tienen una religiosidad común o específica de cada una de ellas). 

No hemos de obviar, por otro lado, que las tres primeras cofradías penitenciales de León, tuvieron su difusión y expansión tras el Concilio de Trento, (1545-1563) que resultó fundamental para el desarrollo de las hermandades tanto devocionales, de gloria, de ánimas, eclesiásticas, sacramentales y desde luego las penitenciales y sus procesiones. De hecho, el poder público de la ciudad de León, el Ayuntamiento, participará de forma activa en aquella procesión de disciplinantes desde 1564, intercederá en 1599 por causa de las pestes que asolaban la región, decidiendo cerrar las puertas de la ciudad, evitando así la llegada de “extranjeros” para que favoreciesen la propagación de la mortal plaga, hecho que impedía que las procesiones que partían de los señalados conventos de San Francisco y Santo Domingo, ambos extramuros, pudiesen realizarse, por lo que una delegación del Ayuntamiento leonés se reunió con los capitulares de San Isidoro a fin que todas las procesiones penitenciales se organizasen y salieran de la iglesia del citado templo, hecho que quedó constatado documentalmente y así se realizó en aquella fecha, colaborando el Ayuntamiento en mayor o menor medida, en muchos aspectos para el buen desarrollo de las procesiones, desde la inicial orden para limpiar las calles en 1564 hasta el apoyo en el desarrollo actual y promoción de las procesiones en el presente año 2013.

Como les he señalado, el apoyo otorgado por la más alta jerarquía eclesiástica y por el poder civil municipal, ha hecho, sin lugar a duda que se desarrollasen cofradías, procesiones, pasos y la devoción popular, aunque también hubo persecuciones para eliminar tanto los actos de las hermandades penitenciales en lo que se consideraron excesos, como en la prohibición de cofradías y penitentes, tal y como sucedió en la década de 1770 personalizado en las acciones del Conde de Aranda, Carlos III o el Obispo Cayetano Cuadrillero.

Me gustaría concluir afirmando que, sin lugar a dudas, las hermandades de la Semana Santa leonesa, necesitan, hoy como ayer, un marco jurídico en el que crezcan fuera de la organización de una simple procesión anual.

Las condiciones socioeconómicas actuales deber ser una motivación para que las hermandades centren su actividad solidaria y caritativa durante todo el año, ajustándose al Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II el 25 de enero de 1983, aceptando la obligación establecida de hacerse integradoras e igualitarias en cuanto a la participación de la mujer y del hombre en la vida de las hermandades, sus procesiones y en el gobierno de las mismas, favoreciendo que las imágenes de Cristo en su Pasión, y las que representan la Soledad y los Dolores de su Madre puedan estar expuestas a la devoción del pueblo en sus templos, tal y como destacó el Concilio Vaticano II, en el Articulo 125 de la Constitución de Sagrada Liturgia, estableciendo que se mantenga “firmemente la práctica de exponer imágenes sagradas a la veneración de los fieles”.

Sobre la base de unas hermandades de Semana Santa de más de 500 años de historia junto con las fundadas durante el siglo pasado, que componen la Junta Mayor de cofradías de la Semana Santa de León, debemos establecer un criterio favorable y estricto a los cambios necesarios en todas las dieciséis cofradías leonesas, desde el ámbito cristiano y supervisado bajo las directrices del Obispado de León.

Se necesita continuar con el apoyo incondicional del Ayuntamiento de León y reclamar a los gobernantes de la Junta de Castilla y León que necesitamos transmitir nuestra tradición a los jóvenes cofrades, enseñándoles en sus cofradías y en las aceras, algo que no se hace en un colegio, el compromiso con la Semana Santa, sus tradiciones, el arte y la cultura.

Solo así podremos hacer frente al futuro, un futuro que hoy, gracias a la iniciativa de la Junta Mayor de la Semana Santa de León, pasa por la divulgación tecnológica de un logro común de 500 años, que también debe servir para que los actos anuales de las dieciséis cofradías leonesas y su principal y máxima expresión en las procesiones de la Semana Santa, ganen en cuanto a su conocimiento, pero también en perfeccionar y proporcionar sentido a la procesión de fe que debe realizar cada hermandad de la Semana Santa leonesa.

No quiero despedirme sin desear a todas las cofradías de León una feliz Semana Santa y una excelente estación de penitencia en éste Año de la Fe.

Muchas gracias.

Gonzalo Márquez.

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